¿Qué pide Jehová tu Dios de ti? Una vida entregada al Señor


Categories :

Lectura: Deuteronomio 10:12-22

Deuteronomio 10 contiene una de las preguntas más directas de toda la Biblia: «¿qué pide Jehová tu Dios de ti?» (v. 12). Moisés se la hace a un pueblo que acaba de fallar gravemente. Acababan de fabricar el becerro de oro, y las tablas de la ley se habían roto. Aun así, Dios no los abandonó. Les dio las tablas de nuevo y ahora les explica qué espera de ellos.

Lo que Dios pide

La respuesta llega en forma de cinco verbos (vv. 12-13):

  • Temer a Jehová tu Dios
  • Andar en todos sus caminos
  • Amarle
  • Servirle con todo tu corazón y con toda tu alma
  • Guardar sus mandamientos

No son cinco requisitos sueltos, sino cinco caras de una misma vida entregada. El temor sin amor se vuelve terror. El amor sin obediencia se vuelve sentimentalismo. Dios pide las cinco cosas a la vez, porque pide a la persona entera.

Además, el versículo 13 termina con una frase que muchos pasan por alto: todo esto es «para que tengas prosperidad». Los mandamientos de Dios no son una carga arbitraria, sino el camino de vida que un Padre bueno traza para el bien de sus hijos.

Antes de pedir, Dios ya había amado

Lo que viene después es asombroso. Moisés recuerda que a Dios le pertenecen los cielos, los cielos de los cielos y toda la tierra (v. 14). No necesita nada de nadie. Y, sin embargo, «de tus padres se agradó Jehová para amarlos, y escogió su descendencia» (v. 15).

El orden es importante. Dios no dice «obedéceme y te amaré». Dice «yo, que soy dueño de todo, ya decidí amarte». La elección de Israel no se basó en sus méritos (Deuteronomio 7:7-8), sino en el amor libre de Dios. La obediencia que Dios pide es la respuesta a una gracia que llegó primero.

Un corazón que necesita ser circuncidado

El versículo 16 va a la raíz del problema: «Circuncidad, pues, el prepucio de vuestro corazón, y no endurezcáis más vuestra cerviz.» La señal externa del pacto no bastaba. Dios quería un corazón rendido.

Pero ¿quién puede cambiar su propio corazón? Más adelante, Moisés da la respuesta en el mismo libro: «circuncidará Jehová tu Dios tu corazón» (Deuteronomio 30:6). Lo que Dios exige, Dios mismo lo da. El Nuevo Testamento muestra el cumplimiento de esa promesa en Cristo: la verdadera circuncisión es la del corazón, obra del Espíritu (Romanos 2:29; Colosenses 2:11).

Conocer a Dios cambia cómo tratamos a otros

Los versículos 17 y 18 describen quién es este Dios: Dios de dioses y Señor de señores, grande, poderoso y temible. Pero inmediatamente después dice que no hace acepción de personas, no acepta sobornos, hace justicia al huérfano y a la viuda y ama al extranjero, dándole pan y vestido.

El Dios más grande del universo se inclina hacia los más pequeños. Por eso el mandato del versículo 19 es lógico: «Amaréis, pues, al extranjero; porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto.» Israel debía tratar a los demás como Dios los había tratado a ellos.

Esto también nos alcanza. Antes de Cristo, nosotros éramos «ajenos a los pactos de la promesa», pero ahora ya no somos extranjeros, sino miembros de la familia de Dios (Efesios 2:12, 19). Quien ha recibido misericordia siendo forastero no puede cerrarle la puerta al forastero.

Él es tu alabanza

El pasaje termina mirando hacia atrás para dar razones de esperanza: «Él es el objeto de tu alabanza, y él es tu Dios» (v. 21). Setenta personas bajaron a Egipto, y ahora eran como las estrellas del cielo (v. 22). Dios había cumplido lo que le prometió a Abraham (Génesis 15:5).

Ese mismo Dios fiel es el que nos pide una vida entregada. No nos pide nada que Él no haya hecho posible primero.

Preguntas para hoy

  • ¿Obedezco a Dios por temor a perder Su amor, o porque ya me sé amado en Cristo?
  • ¿Hay alguna zona de mi corazón que todavía se resiste, donde estoy «endureciendo la cerviz»?
  • ¿Quién es el «extranjero» cerca de mí, alguien vulnerable o fuera de mi círculo, a quien Dios me llama a servir?

Lo que Dios me dice hoy

Dios no pide una religión de apariencia, sino un corazón entero. Y lo hermoso es que el Dios que pide el corazón es el mismo que lo transforma. Nuestra obediencia empieza en Su gracia y termina en Su alabanza.

«Él es el objeto de tu alabanza, y él es tu Dios.» (Deuteronomio 10:21)