La zarza ardiente: la presencia santa de Dios
Lectura: Éxodo 3:1-12
La zarza ardiente es una de las escenas más conocidas del Antiguo Testamento. Pero si la leemos despacio, descubrimos que no es solo un milagro llamativo: es el momento en que Dios se revela como santo, cercano y fiel a sus promesas.
Dios aparece en lo ordinario
Moisés no estaba en el templo ni en un retiro espiritual. Estaba apacentando las ovejas de su suegro en el desierto (v. 1). Tenía unos ochenta años, había huido de Egipto después de matar a un hombre y llevaba cuarenta años como pastor en tierra ajena. A los ojos humanos, su historia parecía terminada.
Y justo allí, en la rutina y después del fracaso, Dios se le aparece. El Señor no espera a que tengamos la vida en orden para encontrarnos.
La zarza ardiente que no se consumía
Lo que llamó la atención de Moisés fue algo extraño: la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía (v. 2). El fuego normalmente necesita alimentarse de algo, pero este no.
La zarza ardiente nos dice algo sobre Dios mismo. Él no depende de nada ni de nadie para existir. Su vida no se gasta ni se agota. Es el Dios que unos versículos más adelante se presentará como «YO SOY EL QUE SOY» (v. 14).
Fíjate también en quién habla desde la zarza: el Ángel de Jehová (v. 2), que enseguida habla como Dios mismo (vv. 4-6). Muchos intérpretes de la tradición reformada han visto aquí una aparición del Hijo antes de su encarnación: el mismo que un día habitaría entre nosotros.
«Tierra santa es»
Cuando Moisés se acerca, Dios lo detiene: «No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es» (v. 5).
La tierra no era santa por sí misma. Era santa porque Dios estaba allí. Moisés entendió el mensaje: cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios (v. 6). Ante la santidad de Dios, la respuesta correcta es la reverencia.
En una época en la que tratamos a Dios con demasiada familiaridad, este pasaje nos recuerda que el Dios que nos ama sigue siendo santo, santo, santo.
El Dios santo es también el Dios que se acerca
Y aquí está lo sorprendente. Ese mismo Dios santo dice:
- He visto la aflicción de mi pueblo (v. 7)
- He oído su clamor (v. 7)
- He conocido sus angustias (v. 7)
- He descendido para librarlos (v. 8)
Su santidad no lo aleja del sufrimiento de su pueblo. Dios se presenta como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob (v. 6): el Dios del pacto, que no ha olvidado sus promesas aunque hayan pasado cuatrocientos años.
Ese «he descendido» encuentra su máxima expresión en Cristo, quien descendió del cielo para librarnos de una esclavitud mucho peor que la de Egipto: la del pecado.
«¿Quién soy yo?»
Cuando Dios le dice a Moisés «te enviaré a Faraón» (v. 10), la respuesta es comprensible: «¿Quién soy yo para que vaya a Faraón?» (v. 11).
Lo interesante es que Dios no responde diciéndole quién es Moisés. No le da un discurso sobre su potencial. Le responde diciéndole quién estará con él: «Ve, porque yo estaré contigo» (v. 12).
La pregunta de fondo nunca fue «¿quién soy yo?», sino «¿quién va conmigo?». Esa misma promesa la repite Jesús a su iglesia: «he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mateo 28:20).
El propósito final: adorar
La señal que Dios le da a Moisés es curiosa: cuando saques al pueblo de Egipto, «serviréis a Dios sobre este monte» (v. 12). El objetivo de la liberación no era solo sacar a Israel de Egipto, sino llevarlo a adorar a Dios. La salvación desemboca en adoración.
Preguntas para hoy
- ¿Estoy esperando encontrar a Dios solo en momentos «especiales», o lo busco también en mi rutina diaria?
- ¿Me acerco a Dios con reverencia, consciente de que es santo?
- ¿Hay algún llamado de Dios al que respondo con «¿quién soy yo?», en lugar de mirar a quien va conmigo?
Lo que Dios me dice hoy
La zarza ardiente nos muestra a un Dios santo que no se consume, que ve el dolor de su pueblo y que desciende a salvar. Nuestra suficiencia no está en quiénes somos, sino en Su presencia.
«Ve, porque yo estaré contigo.» (Éxodo 3:12)
